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Por Raúl Miranda
Don Manuel vive en una ladera de Teocelo. Su parcela es pequeña: apenas dos hectáreas donde conviven cafetos viejos de Borbón, Mundo Novo, Costa Rica, Caturra Rojo con plantas jóvenes de Garnica y algunas resistentes a la roya. Cuando camina entre sus cafetales, Manuel no piensa que está cuidando un tesoro genético que podría asegurar el futuro del café frente al cambio climático. Para él, son simplemente “los arbolitos que heredó de su padre”.
Lo que pocos saben es que, para que esa taza de café que disfrutamos en un buen —pero corto— momento exista, Don Manuel dedica semanas enteras a cosechar y procesar cerezas que maduran en distintos tiempos. La diversidad varietal que mantiene en su finca le da resiliencia, pero también significa más trabajo: cosechas escalonadas, fermentaciones separadas, cuidados distintos. Mucho más esfuerzo del que requeriría manejar dos fincas uniformes con una sola variedad.
Cada año, Manuel vende lo que puede. Una parte va a intermediarios a precios que apenas cubren costos; otra, con suerte, llega a tostarías que buscan café especial. Lo irónico es que, mientras sus granos viajan a cafeterías en Europa o Asia, en su casa los muros siguen siendo de block sin repellar, el techo de lámina se calienta con el sol, y el acceso a servicios médicos es limitado.
Así como Manuel, miles de pequeños caficultores en Veracruz sostienen algo más grande que su parcela: conservan la diversidad de variedades, protegen los suelos y los bosques de sombra, y mantienen vivas tradiciones que dan identidad a la región. Sin embargo, lo hacen a costa de una vida marcada por la incertidumbre: precios inestables, plagas, falta de apoyo técnico y una calidad de vida que contrasta dolorosamente con el valor que generan para el mundo.
Cuando tomamos una taza de café, pocas veces pensamos que detrás de ese aroma está la historia de alguien como Don Manuel. Alguien que, sin saberlo, no solo cultiva café, sino que siembra futuro para todos nosotros.

